Viena, 22 set. 98
«Caro Wilhelm:
Ya era tiempo de que regresara a casa, pero llevo apenas tres días aquí y ya se ha apoderado de mí todo el disgusto por la vienería. Es una miseria vivir aquí, y no es una atmósfera en la que se pueda conservar la esperanza de completar algo serio.
Me gustaría que estimaras en menos mi maestría y tenerte cerca para oír con más frecuencia tu crítica. Ahora bien, de ningún modo soy de opinión distinta que tú, no me inclino a tener flotante lo psicológico sin base orgánica. Sólo que por propia convicción no sé más, ni teóricamente ni terapéuticamente, y por eso no puedo sino conducirme como si sólo tuviera para elaborar lo psicológico. Por qué no me converge, no tengo la menor idea.
Un segundo ejemplo de olvido de nombre se ha resuelto de una manera todavía más fácil. Al nombre del gran pintor que hizo el Juicio Final en Orvieto, lo más grandioso que he visto hasta hoy, no lo podía encontrar y, en cambio de él, surgían Bottic3lli, Boltraffio, con certeza de lo incorrecto. Por fin averigüé el apellido: Signorelli, y enseguida supe por mí mismo el nombre de pila: Luca, como prueba de que era sólo un reprimir, no un genuino olvidar. Está claro por qué saltó al primer plano Boticelli, lo reprimido fue sólo Signor, la doble Bo en los dos nombres sustitutivos encuentra su esclarecimiento en el recuerdo eficaz para la represión cuyo contenido tuvo por teatro Bosnia y empieza con un dicho: Herr, ¿qué remedio tiene? Perdí el apellido Signorelli en una breve excursión a Herzegovina, que hice desde Ragusa con un juez de instrucción de Berlín (‘ Freyhan ‘), con quién durante el viaje di en hablar sobre pintura. En la conversación, a saber lo que fue recordado como represor tras ella, se trató de muerte y sexualidad. ¡Las sílabas tráfico están sin duda en asonancia con Trafoi, a la que yo vi en el primer viaje! ¿Pero a quién podré hacerle creíble esto?
(…)
Con un saludo cordialísimo,
Tu Sigm»