4 De diciembre de 1917
Viena, IX, Berggasse 19.
“Muy estimada señora,
Lo que pueda decirle así a la distancia, se lo diré. Donde hay humo hay fuego, de modo que es imposible que la niña no haya vivenciado nada que determine su pavor. Como es sabido, tampoco sirve de nada encerrar la belleza en la torre, el dios igualmente encontrará la manera de llegar a ella (Dánae⁶³). Ahora bien, lo vivenciado por su pacientita no precisa ser mucho, sino lo habitual; en el caso más sencillo, quizás antes de dormirse se permitía el placer de la autosatisfacción, hasta que llegó la enfermedad y canceló la tolerancia para con eso. Los chicos identifican las enfermedades igual que lo hacen los primitivos: como castigos por haber cometido pecados, despiertan en ellos la conciencia de culpa. Pero también puede haber surgido de una manera mucho más complicada; la variación más próxima a esta primera explicación simple puede ser que la niña haya descubierto el onanismo como consuelo recién durante la mala época de la enfermedad, actualmente puede haber renunciado a ella y todavía estar luchando contra la tentación, o bien puede estar luchando para sacarse la costumbre. Estos dos casos —también resultado de vivencias más intensas y de ocasiones que desconocemos por completo— no son fáciles de distinguir por su efecto, y me gustaría saber cuál es el verdadero.
A la bondadosa terapeuta que supo encontrar acceso a la niña de una manera tan hermosa le quedan dos caminos posibles. O tener paciencia y esperar hasta que la niña se haya encariñado más y ella solita empiece a hablar del tema —esa sería la experiencia más convincente— o usted misma hablarle al respecto con plena confianza en lo certero de su conjetura. Este es el camino más corto. Acá usted tendría que decir que hizo ese descubrimiento en usted misma y que después eso paró, y así, más allá del «no» inicial de la niña, usted podría seguir sus respuestas hasta llegar a descubrir los hechos.
Le deseo el mayor de los éxitos en este esfuerzo terapeútico.
Su devoto Freud
¡Pequeñas incongruencias entre su hipotética solución y la realidad de la niña no harán ningún daño!”
63 El padre de Dánae, un rey de Argos, encerró a su hija —para escapar al anuncio de un oráculo— en una cárcel con puertas de bronce, vigilada por perros. Pero Júpiter entró en forma de una lluvia de oro y Dánae dio a luz a Perseo.
