Carta de Sigmund Freud a Georg Groddeck 5-6-17

Viena, el 5 de junio de 1917
​Muy apreciado colega:
​Hace mucho que no he recibido una carta que me haya alegrado e interesado tanto, y que me haya movido a sustituir en mi respuesta la común cordialidad debida a toda persona extraña, por una sinceridad analítica.
​Voy a intentarlo, pues: observo que Vd. me pide con urgencia que le confirme oficialmente que no es Vd. psicoanalista, que no pertenece Vd. al grupo de los adeptos, sino que más bien debe pasar por algo original, independiente. Evidentemente le proporcionaría un grato placer si le apartara de mí y le pusiera donde se encuentran Adler, Jung y otros. Pero no puedo hacerlo, tengo que reclamarle a Vd., tengo que afirmar que es Vd. un espléndido psicoanalista que ha comprendido plenamente el núcleo de la cuestión. Quien reconoce que la transferencia y la resistencia constituyen los centros axiales del tratamiento pertenece irremisiblemente a la horda de los salvajes. Que al «Ic» lo llame «Ello» no es objeto de la menor discrepancia. Permítame usted indicarle que no es preciso ampliar el concepto del Ic para abarcar sus experiencias relativas a afecciones orgánicas. En mi artículo sobre el Ic que usted menciona2 hallará usted (páginas 258 y s.) una breve nota: «Guardaremos para otro contexto la mención de otra prerrogativa importante del Ic». Quiero confesarle lo que aquí me reservaba: la afirmación de que el acto inconsciente ejerce una intensa influencia plástica sobre los procesos somáticos, tal como nunca puede realizarla el acto consciente. Mi amigo Ferenczi, que conoce este tema, tiene en la cartera de la Int. Zeitschrift un trabajo sobre las patoneurosis que se acerca mucho a sus comunicaciones. Más aún, el mismo punto de vista le ha conducido a mi entender a un intento biológico en el cual debe mostrarse cómo el desarrollo consecuente de la idea lamarckiana de la evolución se convierte en una consecuencia de las concepciones psicoanalíticas. Sus nuevas observaciones coinciden tan perfectamente con la argumentación de este trabajo que no podemos desear otra cosa que referirnos, en el momento de nuestra publicación, a la comunicación que Vd. acaba de publicar.3
​No deseo, pues, más que extender los brazos para pedirle su colaboración, y sólo me preocupa la circunstancia de que Vd., al parecer, apenas haya superado la ambición banal de quien pretende ser original y aspira a la prioridad. Si Vd. está seguro de la independencia de sus hallazgos, ¿de qué ha de servirle detentar ​además la originalidad? Por lo demás, ¿puede Vd. estar seguro respecto del siguiente punto? Es Vd. seguramente 10, 10 o quizás 20 años más joven que yo (1856). ¿No puede Vd. haber asimilado de manera criptomnésica las ideas directrices del psicoanálisis? ¿De manera semejante a la que yo mismo podría explicar mi originalidad? ¿Qué valor puede tener retorcerse por la prioridad contra una generación mayor?
​Este punto de su comunicación me duele tanto porque la experiencia ha demostrado que las personas desenfrenadamente ambiciosas acaban, más pronto o más tarde, encerrándose en sí mismas, y convirtiéndose, en perjuicio de la ciencia y de su propia evolución, en un caminante solitario.
​Las pruebas que Vd. aduce a propósito de sus observaciones me han gustado mucho y tengo la esperanza de que, incluso tras un examen rigurosamente crítico, podrá sostenerse gran parte de ello. Todo este terreno nos queda lejos, pero ejemplos como el de su ciego no se han dado todavía, y ahora la segunda duda: ¿Por qué desde su bonita base se arroja Vd. a la mística, suprime la diferencia entre lo anímico y lo corporal, y se aferra a teorías filosóficas que no vienen al caso? Sus experiencias no conducen sino al reconocimiento de que el factor psic. tiene una importancia insospechadamente grande incluso respecto de la aparición de enfermedades orgánicas. Pero, ¿el solo hecho de que produzca estas enfermedades afecta de algún modo la diferencia entre lo anímico y lo corporal? Tan petulante me parece atribuir un alma a la naturaleza, como desespiritualizarla radicalmente. Dejémosle con su grandiosa diversidad que de lo inanimado asciende a la vida orgánica, y de la vida corporal a lo anímico. Es cierto que el Ic constituye la auténtica mediación entre lo corporal y lo anímico, acaso el tanto tiempo buscado «missing link». Mas, que al fin lo hayamos descubierto no nos permite ver más lejos.
​Me temo que sea Vd. también un filósofo y tenga la inclinación monística de menospreciar las bellas diferencias de la naturaleza en aras de la seductora unidad. ¿Acaso con ella nos libramos de las diferencias?
​Naturalmente que me alegrará recibir su respuesta. Tengo incluso mucha curiosidad por saber de qué modo asume la labor de la escritura, mucho menos amable que la intención que a ella subyace.
Con mi mayor estima de colega.
Suyo, Freud.

2Das Unbewusste, Viena 1915.

3Cf. carta de Groddeck del 27-5-1917.